Entrevista a Rafael Rojas
Nacido en Cuba, Rafael Rojas es profesor del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) en México y uno de los más connotados representantes de la nueva historia intelectual en Hispanoamérica. Su producción incluye títulos como Cuban Intellectual History (2007), Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano (2006), La política del adiós. Discursos y prácticas políticas en el México postvirreinal (2003), La escritura de la Independencia (2003), El republicanismo en Hispanoamérica: Ensayos de Historia Intelectual y Política (2002), José Martí: la invención de Cuba (2000) e Isla sin fin: Historia y crítica de la razón nacionalista (1998). Aprovechando su estancia como Tinker Visiting Professor en la Universidad de Texas en Austin y el lanzamiento de su último libro, El estante vacío (Barcelona: Anagrama, 2009), Pterodáctilo le realizó la siguiente entrevista.
Pterodáctilo (PT): Nos parece que buena parte de su trabajo se ubica en lo que se ha llamado la “nueva historia intelectual”. En varios de sus libros predomina la presencia del intelectual-literato y el cruce entre la historia intelectual propiamente dicha y la historia literaria. Entonces, pensando en algunos de los cuestionamientos que trajo consigo esa nueva historia intelectual (tanto en lo que toca al materialismo histórico como a una historia de las ideas de tipo tradicional) ¿cómo se ubica dentro de esa tradición? y ¿de qué manera ve las relaciones entre la historia intelectual y la crítica literaria?
Rafael Rojas (RR): Creo que sí, que mi trabajo se enmarca en una corriente de historia intelectual en Hispanoamérica que surge en la segunda mitad de los años 90, pero que se hace visible en su mayoría en publicaciones entre el 2000 y el 2005. Y somos de hecho una especie de comunidad o red: hay algunos argentinos, ligados a la Universidad de Quilmes, como Elías José Palti[i] y Jorge Myers[ii]; algunos colombianos, como Carolina Guerrero[iii] y Eduardo Posada Carbó[iv]; y un grupo muy importante en México, repartido entre varias instituciones. Allí hay por lo menos dos instituciones importantes: el Colegio de México, que fue donde yo estudié el doctorado, y el CIDE, donde ahora soy profesor. Y en el CIDE yo tengo mucho diálogo con dos historiadores de mi generación que tratan más o menos los mismos temas que yo, que son José Antonio Aguilar[v] y Alfredo Ávila[vi]. Además de eso, hay también publicaciones que reflejan esa emergencia de una nueva historia intelectual en Hispanoamérica, como la revista Prismas, de la Universidad de Quilmes, la revista Istor, que se hace en el CIDE, y la Revista de Historia Mexicana, en el Colegio de México. Uno de los temas que más atrae a esa nueva historia intelectual son los procesos de fundación de las repúblicas en Hispanoamérica en el siglo XIX. Así que la historia intelectual no sólo se enfrenta a tradiciones historiográficas muy consolidadas en América Latina -como el marxismo, distintas modalidades de la historia cuantitativa ligadas a los estructuralismos y la vieja historia de las ideas, al estilo de José Gaos y Leopoldo Zea, en México, o José Luis Romero y Alberto Romero, en Argentina-, sino que también rompe de algún modo con una historia política tradicional. Y como digo no hay sólo una ruptura en términos metodológicos con esas escuelas historiográficas: yo diría que también hay un repertorio de temas afines, y uno de ellos es el republicanismo, la historia y la crítica del republicanismo (porque no son visiones acríticas de esa tradición lo que produce esa nueva historia intelectual tampoco). Bueno, eso desde el punto de vista un poco metodológico e historiográfico.
Sobre la relación entre crítica literaria e historia intelectual en esa nueva corriente en Hispanoamérica, yo creo que hay historiadores que por su formación están más cerca de la historiografía política; hay los que han hecho estudios constitucionales, historia política de la fundación de los estados nacionales en Hispanoamérica, etc. Yo, que tengo una formación filosófica y de historia de las ideas, y además siempre me he interesado mucho por la literatura, diría que estoy más cerca de esa intersección entre historia intelectual y análisis, estudio, arqueología, o genealogía del discurso literario. Yo no creo que trabaje con herramientas y metodologías de la crítica literaria, o de los estudios literarios, pero sí hay una presencia importante de la literatura en mis textos. Así que además de trabajar con material de archivo o fuentes primarias, en el caso de que una investigación lo requiera, siempre hay un interés en trabajar las escrituras y las lecturas, es decir, el proceso de construcción intelectual de los textos, incluyendo los textos políticos. Por ejemplo, hay un intento de estudiar estos textos políticos como textos literarios. Entonces sí se podría decir que hay una fuerte presencia de la literatura en mi trabajo.
PT: En su respuesta anterior habla de su experiencia en México como central para su nueva historia intelectual. ¿Cómo usted ubica su trabajo en la historia y la historiografía cubanas?
RR: En los estudios sobre Cuba hay una parte de mi trabajo que no sería propiamente historia intelectual académica. Yo hago historia intelectual cuando trabajo sobre México e Hispanoamérica en el siglo XIX, además de algunos estudios que he hecho sobre el siglo XX, pero también tengo una vertiente en mi producción intelectual que es la más ensayística. Y en esa vertiente se ubican varios estudios sobre Cuba que no necesariamente tienen un formato académico, o un formato académico predominante. A veces hay libros académicos (sí he hecho libros académicos sobre Cuba); otros semi-académicos, que contienen ensayos con un formato académico y otros ensayos más libres; y unos libros que no siguen formato académico alguno ya que son ensayos de reflexión sobre el problema del pasado y el presente cubanos. Y yo diría que un tema recurrente en casi todos mis ensayos sobre Cuba es la crítica de la historia tradicional antes de la Revolución y de la historia oficial después de la Revolución. Claro está, no me limito a este tema porque también tengo otros estudios sobre literatura cubana, la construcción del canon nacional de esta literatura y estudios específicos sobre José Martí. Además de eso me interesa mucho hacer visibles las tensiones entre la nueva historiografía crítica y revisionista que se produce dentro y fuera de la isla, y la historia oficial producida en la isla o la historia tradicional producida en el exilio.
PT: Siguiendo ese último pensamiento acerca de la dinámica entre la isla y el exilio, usted ha escrito sobre la fragmentación del “sujeto nacional” cubano de los años 90 en adelante, y también sobre la pluralidad de subjetividades en esta época que ha sido abrazada ahora por el régimen. ¿Cree que esta situación fragmentada es un efecto de las dinámicas entre la isla y el exilio, o eso se debe más bien a lo que usted ha denominado una “subalternidad hegemónica” dentro de la isla?
RR: Yo creo que son fenómenos paralelos, no necesariamente excluyentes. A mí me parece que la diversificación de los sujetos en la cultura cubana se produce tanto en la isla como en el exilio, sobre todo a partir de los años 90. Hay que pensar que ambas comunidades – la de la isla y la del exilio – habían estado conformadas por discursos y prácticas de homogenización ideológica y política. Dentro de la isla, la homogenización socialista, podríamos decir, que se basa en una ideología de Estado marxista-leninista y nacionalista-revolucionaria, pero también en toda una manera de codificar el comportamiento y las prácticas culturales de la ciudadanía siguiendo modelos institucionales y jurídicos muy bien delineados. Fuera de Cuba, en el exilio más específicamente, la homogenización no responde a patrones institucionales similares, porque naturalmente los cubanos que emigraron a países latinoamericanos, Europa o Estados Unidos al principio de lo que fue la revolución no se sumaron a un sistema político similar al cubano, sino todo lo contrario. Pero ellos sí experimentaron una homogeneización a partir de los discursos y las prácticas del anti-comunismo y del anti-castrismo predominantes en las primeras décadas de la emigración, es decir, en los años 60, 70 y todavía parte de los 80. Yo creo que lo que desata la heterogeneización de la subjetividad cubana, la complejidad social, la diversificación en términos económicos y también culturales que se vive en ambos lados es la caída del muro de Berlín, con la transición a la economía del mercado y a las democracias en los países de Europa del este. Justo en ese momento, el socialismo cubano, aunque institucionalmente sigue siendo el mismo, cambia muy profundamente en términos de discursos y prácticas ideológicas y culturales. Es cuando la producción cultural dentro de la isla comienza a funcionar con paradigmas completamente distintos, que están muy ligados a los discursos posmodernos y multiculturales. También la propia ideología oficial cambia: la legitimación simbólica del régimen ya no apela a los mismos valores que apelaba en los años 60, 70 y 80, y tenemos un proceso de diferenciación muy grande en términos de un multiculturalismo como el de cualquier país occidental. Y yo creo que esa diversificación también se vive fuera de la isla, porque la emigración cubana de los años 90 es igualmente más diversa: es más diversa en términos raciales, en términos de género, en términos intelectuales, y es más diversa geográficamente, ya que no es una emigración localizada únicamente en Miami o en los Estados Unidos, sino una emigración con una presencia importante en países latinoamericanos y europeos. Y eso hasta el punto de que en los estudios cubanos más contemporáneos comienza a hablarse de una diáspora más que de un exilio. Porque la cultura política de esa emigración también es muy diversa, no se relaciona con los poderes de la isla de la misma manera que lo hacían el anti-comunismo y el anti-castrismo típicos de las primeras décadas.
PT: En su último libro, El estante vacío, usted analiza las políticas que producen lo leído y lo no leído en la isla de Cuba, y sus repercusiones en el campo intelectual cubano. Además, plantea que las relaciones entre Cuba y la Unión Soviética fueron una “experiencia colonial”. ¿Por qué utiliza el término “colonial” para definir esa experiencia?
RR: Creo que la frase no debe ser interpretada como si Cuba fuera una colonia de la Unión Soviética, que es como se puede leer muy fácilmente. Lo que quería transmitir era que había elementos coloniales en la relación entre estos dos países. Porque por supuesto que Cuba no era una colonia de la Unión Soviética; en algún momento yo digo que la Unión Soviética era una “metrópoli diferente”. Pero la relación sí era colonial en el sentido de que había una ideología de estado en Cuba adscrita a la formulación doctrinal y práctica de la ideología de la Unión Soviética. De hecho, desde 1971, y más específicamente desde 1975, cuando ya existe un proyecto de constitución en Cuba, el vínculo entre el sistema político cubano y el sistema político soviético se vuelve mucho más complejo que una simple relación económica preferencial, que era como se le llamaba a esa relación en los años 60. Hay una incorporación de Cuba a una comunidad de países socialistas que estaba regida por el modelo constitucional soviético y que provenía de la constitución estalinista de 1936. En este sentido, yo creo que hay un tipo de relación colonial entre Cuba y la Unión Soviética en esa época que se puede explorar sobre todo en ciertas zonas de la producción intelectual, particularmente en el ensayo y en las ciencias sociales, ya que estas son una esfera del saber muy ligada a la ideología en sistemas socialistas; lo era en la Unión Soviética, lo fue en Cuba y lo sigue siendo hasta cierto punto (aunque en los últimos años se ha producido una relativa separación entre la esfera del saber de las ciencias sociales y la ideología profesional del partido comunista cubano). De hecho, yo creo que había elementos coloniales en el caso de la producción, difusión y enseñanza de la filosofía y de la sociología en Cuba. También en la historia, pero un poco menos, porque había una tradición historiográfica cubano-marxista y nacionalista que sirvió de contención a la difusión de los modelos teóricos soviéticos. Pero en la filosofía y en la sociología evidentemente el canon teórico que se estableció provenía de la Unión Soviética. Y los discursos ligados a esas formas del saber permeaban la ideología oficial. Incluso permeaban también la psicología, que era otra rama del saber social muy subordinada a la Unión Soviética. Y permeaban no sólo la producción, circulación, enseñanza o difusión de pensamientos y de teorías, sino también el funcionamiento de algunos ministerios: los ministerios del gobierno cubano tenían asesores soviéticos y esos asesores soviéticos estaban ligados a formas de producción de las teorías sociales de la Unión Soviética. En fin, es ahí donde yo veo elementos coloniales en esa relación.
PT: Otro tema que usted aborda en el mismo libro es el del conocido entusiasmo que produjo la Revolución Cubana en la intelectualidad latinoamericana. Pensando en esto, ¿en qué medida este libro, considerando esa relación “colonial” entre Cuba y la Unión Soviética, se produce desde el “desentusiasmo”? Es decir, ¿en qué medida su libro es una suerte de “desmitificación” del régimen producida por un intelectual y dirigida hacia otros intelectuales?
RR: Bueno, yo no definiría mi posición actual como de “desencanto” con el socialismo cubano; creo que ese sentimiento ya lo experimenté hace tiempo. Estoy en otro lugar desde el punto de vista afectivo, digamos, en lo que respecta a mis relaciones con Cuba. En fin, yo uso la categoría del entusiasmo para tratar en efecto de captar un momento de gran identificación de los intelectuales latinoamericanos con la Revolución Cubana, y no sólo de los intelectuales latinoamericanos, sino también de muchos intelectuales de los Estados Unidos y Europa. Yo uso como ejemplos los casos de Charles Wright Mills, este importante sociólogo norteamericano que viajó a Cuba en el año 60, y el de Jean Paul Sartre, que viaja a Cuba en ese mismo año, dos intelectuales que producen visiones sobre Cuba muy influyentes en los Estados Unidos y en la Francia de la época. Y uso la categoría del entusiasmo como la manejó Jean François Lyotard en su estudio sobre el entusiasmo que provocó la Revolución Francesa, es decir, yo trato de comparar el entusiasmo de un filósofo como Immanuel Kant frente a la Revolución Francesa, y los entusiasmos de Sartre y Wright Mills frente a la Revolución Cubana, aunque encuentro algunas diferencias. Además, ese momento de entusiasmo en mi libro no está estigmatizado; no creo que sea necesario ni conveniente someter ese entusiasmo a una estigmatización desde el punto de vista de la historia intelectual. Yo creo que ese entusiasmo debe ser más bien estudiado, porque tiene muchos elementos interesantes. Por ejemplo, en mi libro se destaca toda la sintonía que logra establecer en los años 60 el discurso de la Revolución Cubana con la nueva izquierda occidental, la izquierda que como Sartre y Wright Mills no se alineaba con la Unión Soviética, y que leía a Cuba en clave norteafricana. De hecho, esos intelectuales veían la Revolución Cubana como un proceso de descolonización de una metrópoli occidental importante; lo mismo que estaba pasando en Argelia, por ejemplo. Así que Cuba era vista como una colonia que se independizaba de una metrópoli, en este caso, los Estados Unidos. Yo creo que hay ciertos equívocos ahí, porque por supuesto que no era equivalente el caso de Cuba al de las colonias norteafricanas que se independizaban de Francia. Pero lo que es curioso en ese entusiasmo es que la Revolución haya sido leída por intelectuales de esa nueva izquierda, que ya habían roto con la Unión Soviética. Y lo que me interesa cuando hago esos apuntes en mi libro es comenzar a pensar los años 60 como un momento en el que la Revolución Cubana significó algo muy distinto a lo que comenzaría a representar a partir de los años 70, es decir, cuando se institucionaliza a la manera soviética el socialismo cubano. Porque en ese primer momento la Revolución representaba la posibilidad de una izquierda diferente, marxista, sí, pero no subordinada a las formas más ortodoxas del socialismo en la Europa del este.
PT: Usted también explica en El estante vacío que, dependiendo de la época en la historia cubana se censura desde Ese sol del mundo moral (1974) de Citio Vitier y En Cuba (1973) de Ernesto Cardenal, hasta Imperio (2002) y Multitud (2005) de Michael Hardt y Antonio Negri. Esta yuxtaposición de escritores diametralmente opuestos dentro de una misma categoría resulta sorprendente. Es decir, nos parece que hay cierta volubilidad en la manera en que se da el proceso de censura en Cuba. Así, ¿cómo se pueden analizar los criterios que rigen los procesos de censura en el régimen de acuerdo a cada época? y ¿qué lógica ve usted en la censura de obras tan distintas, que van desde la ortodoxia católica hasta el neo-marxismo?
RR: Yo creo que habría que distinguir entre exclusión y censura en el proceso editorial cubano. Primero partir de algo bastante conocido, pero que es siempre bueno repetir, y es que la política editorial cubana, así como la política cultural, está subordinada a los aparatos ideológicos del Estado. Es decir, la política editorial responde a una ideología de Estado que rige la educación, la cultura, las ciencias y los medios de comunicación en Cuba. Todo lo que sea proceso de producción discursiva, difusión de textos, imágenes, valores, todo está subordinado a esa ideología del Estado y a esa política oficial del gobierno cubano; la política editorial es parte de ese aparato ideológico también. Entonces naturalmente las inclusiones y las exclusiones de textos y autores occidentales en esa política editorial están ligadas a las demandas de la ideología oficial. Por eso mismo es muy curioso el caso de Cuba, donde aun tratandose de un país socialista, no se excluyen de los proyectos editoriales sólo clásicos del pensamiento liberal occidental, como Giovanni Sartori, Isaiah Berlin, François Furet o John Rawls; eso es normal, que se excluyan a los pensadores liberales. Lo que es muy curioso es que desde principios de los años 70 se excluya también a una buena parte del pensamiento marxista, a pesar de que la época ortodoxa soviética ya se abandonó en términos de la propia política cultural y de la enseñanza de las ciencias sociales. La enseñanza de las ciencias sociales en Cuba hoy ya no está regida por la ortodoxia marxista soviética; sin embargo, esa complejidad no se refleja en la política editorial. Hay una exclusión, yo diría bastante deliberada, de todo el neo-marxismo de la política editorial cubana; soy muy pocos los autores neo-marxistas que han sido publicados, incluso en lo que toca a entrevistas. Algunas excepciones son Fredric Jameson, en el caso de la revista Casa de las Américas, y algunos autores importantes del neo-marxismo más reciente, sobre todo de la Europa del este -Zygmunt Bauman por ejemplo, que ha sido publicado en la revista Criterios, la publicación dentro de Cuba que más ha avanzado en la renovación de los discursos teóricos de la cultura, dirigida por Desiderio Navarro. Pero incluso en esa revista uno ve que no avanza demasiado la difusión del pensamiento neo-marxista; no llega por ejemplo a los casos de Michael Hardt o Negri. Mucho menos a los de Alain Badiou o Jacques Derrida. Algún artículo sobre los últimos libros de Derrida se publicó en Criterios, pero no ha sido una presencia en la política editorial cubana equivalente a la importancia que tuvo en las ciencias sociales y los medios académicos europeos y norte-americanos, sobre todo la última parte de su producción intelectual. Ahora, eso sería lo que llamamos la exclusión. La censura sería otra cosa. La censura es en efecto los libros que se proponen a cualquier editorial del Estado cubano y son rechazados; eso es lo que yo llamaría censura. Otra práctica de censura sería la de los libros que logran ser publicados y son sacados de circulación, lo que también pasa. Eso es más difícil de documentar, pero sí se conocen casos de libros que salen de las librerías, son leídos por los burócratas después, y deciden cerrar la circulación. Hay muchos casos de censura. Por ejemplo, uno muy conocido es el de Fuera del juego, de Heberto Padilla, que es un libro que gana un premio en el año 68. El libro logra publicarse, pero con una nota de censura de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba diciendo que no está de acuerdo con el premio. Y es un libro que naturalmente sale de circulación. Es también el caso de Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, que es una novela publicada en Cuba, pero una vez que el autor se convierte en un disidente dentro de Cuba y después en un exiliado, es retirada de la circulación. Ahora, está también el caso de los libros que se proponen y que nunca se publican como dije, y uno de ellos, curiosamente, es Ese sol del mundo moral de Cintio Vitier. Es un libro escrito por un católico para ofrecer una vía de legitimación de la Revolución Cubana que no parte del marxismo, de ningún tipo de marxismo; no del marxismo soviético, con el que Vitier no tenía nada que ver, obviamente, pero tampoco de otros marxismos. Es una defensa de la Revolución Cubana desde el nacionalismo católico, o desde lo que él llama el “nacionalismo cristiano”, para flexibilizar un poco el término (aunque en realidad cuando uno lee el libro, uno ve que él está hablando del nacionalismo católico específicamente). Y claro, el libro se presenta a principios de los años 70 a las editoriales cubanas, que están en el momento de máxima sovietización, y se censura. Pero lo interesante es que está casi veinte años censurado, hasta que el libro se rescata, en el año 93 o 94, cuando se edita por primera vez en Cuba (se tiene que editar en México porque las editoriales cubanas no aceptan su publicación). Y luego sucede ese movimiento pendular, en que un libro, después de ser censurado, se convierte prácticamente en el manual de la ideología revolucionaria en los años 90, precisamente en un momento en que el socialismo cubano ha abandonado el marxismo soviético y está tratando de encontrar otras formas de legitimación.
PT: Ya que menciona el caso de Cintio Vitier, y hablando de los procesos de recuperación, nos gustaría hacerle algunas preguntas sobre el grupo origenista al que Vitier pertenecía. ¿De dónde viene su interés por el origenismo[vii]? ¿Es anterior al proceso de recuperación oficial, encabezado por el régimen, o posterior? Y si es anterior, ¿de qué manera la recuperación oficial del origenismo impactó su trabajo y/o su visión sobre este movimiento?
RR: Yo creo que en mi caso, igual que en el caso de casi todos los escritores de mi generación, el interés por los poetas de Orígenes surge en los años 80, cuando vivíamos todos allí. Creo que cada quien buscaba en Orígenes lo que más le interesaba; hubo escritores de mi generación que buscaban en Orígenes plataformas de escritura para producir textos ficcionales o poéticos, como es el caso de Antonio José Ponte o Rolando Sanchéz Mejías. Pero hubo otros, como en mi caso, o del de Iván de la Nuez, en el que nos acercábamos a Orígenes más bien buscando claves para pensar la historia intelectual de Cuba, y digamos, abastecer proyectos ensayísticos o de ciencias sociales. Yo creo que ahí empezó todo y creo que a todos nos afectó la recuperación del grupo que se inició pocos años después de que nosotros empezáramos a leer a Orígenes. A mediados de los años 80, el canon nacional de la literatura cubana giraba en torno a Alejo Carpentier y Nicolás Guillén; esas eran las figuras centrales. Y parte de esa canonización tenía que ver con el hecho de que ambos eran escritores comunistas antes de la Revolución. Entonces había como una defensa clara de que la “ciudad letrada” estaba regida por la ideología marxista o por las militancias políticas en el comunismo antes y después de la Revolución. En los años 90, como efecto de la caída del campo socialista en buena medida, y como resultado de la propia presión que ejercían los escritores que vivíamos ahí -presión en favor de la recepción más plena, del reconocimiento más pleno de Orígenes-, el Estado comenzó a moverse en esa misma dirección con mucha habilidad, produciendo una reivindicación del grupo Orígenes y de la literatura de Orígenes. Y con un sentido muy ideológico al principio. La idea era que Orígenes todo, Orígenes como una comunidad homogénea, tenía un “mensaje central”-como en algún momento lo llamó Cintio Vitier-, que era la defensa de la nación cubana en contra de las instituciones de la república. Es decir, la reivindicación de Orígenes está ligada a la idea de que Orígenes fue un proyecto de resistencia a las instituciones republicanas. Por lo tanto, aunque los miembros de Orígenes no hayan sido revolucionarios activos en la época de la insurrección contra Batista, y ni siquiera en los años 60 -eran más bien marginados dentro del socialismo cubano-, habían hecho una labor, digamos, “testimonial”, y profética incluso. En uno de sus textos más delirantes en ese contexto de legitimación de Orígenes, Cintio Vitier sostiene la teoría de que, en el número de la revista Orígenes dedicado a la celebración del centenario del nacimiento de José Martí, publicado en enero de 1953, Lezama Lima profetiza el asalto a Moncada de Fidel Castro, ocurrido en julio de ese mismo año, cuando en un momento de la introducción afirma que “ya se ven las cúpulas de los nuevos actos nacientes”. Pero en realidad cuando Lezama hablaba de los “nuevos actos nacientes”, él se refería a la poesía; para Lezama la historia sucedía dentro de la historia de la poesía, no había una historia de la poesía y una historia política, como las hay para Vitier. Así que donde Lezama estaba hablando de los nuevos poetas de Orígenes, esos “actos nacientes” que iban a salvar a Cuba de su frustración, Vitier ve una profecía del asalto a Moncada, prácticamente sugiriendo que Lezama era un “fidelista” antes del fidelismo. De manera que la reivindicación de Orígenes se produjo como una clara voluntad de reforzar la legitimación del Estado cubano. Y eso produjo una reacción de parte de toda nuestra generación. Unos tuvieron una reacción más radical yo diría, como es el caso de Rolando Sánchez Mejías, que propuso un abandono total del legado de Orígenes una vez que el Estado cubano comenzó a incorporarlo. Hubo otros escritores que se separaron fuertemente de la corriente nacionalista y católica del origenismo y buscaron más bien identidades con las disidencias de Orígenes, como Virgilio Piñera o Lorenzo García Vega (estoy pensando en el caso de Antonio José Ponte); y yo creo que otros lo que intentamos fue complejizar lo que Vitier llamaba “el mensaje central” de Orígenes, o sea, tratar de entender que en Orígenes había diversas poéticas, diversas poéticas de la propia historia de Cuba, que es lo que yo trabajo en Motivos de Anteo; como los 12 poetas de Orígenes tienen distintas maneras de narrar la historia de Cuba, lo cual nos impide incluirlos dentro de un mismo nacionalismo histórico. Eliseo Diego, por ejemplo, se asomaba a la historia de Cuba de un modo muy diferente a la del propio Vitier, aunque fueron prácticamente familia. Así que en mi caso, mi manera de reaccionar fue recuperar la diversidad dentro de Orígenes; yo creo que otros usaron de otros recursos. Y yo creo que el momento clave del choque entre nuestra lectura de Orígenes y la lectura del Estado fue el cincuentenario de la revista, que se celebró en Casa de las Américas en el año 94. Al que nos invitaron a todos, incluso; fue la última vez que yo fui a Cuba, en el verano del año 94 (ya yo estaba viviendo en México). Pero claro, la idea del Estado cubano era todavía, creo yo, integrar a nuestra generación dentro de esa reivindicación de Orígenes. Y me parece que el efecto que consiguió fue el contrario, lo que hubo fue una reacción mayor a partir del año 94.
PT: Aprovechando esa discusión sobre Orígenes y sus vínculos con el canon literario cubano, nos gustaría preguntarle sobre el “otro canon” de los escritores cubanos que no se publican en la isla. El estante vacío termina con un listado de libros “no leídos” en Cuba que podría ser visto como un canon literario en sí mismo. Incluso, ha habido mucho debate sobre lo incluido y excluido en su selección. ¿Cuáles fueron entonces sus criterios de selección para establecer esa lista?
RR: Con esta lista, creo que intenté dejar claro en el libro que no estoy proponiendo un canon. Lo que traté de hacer en realidad fue una muestra de los libros no editados en Cuba, y para establecer la lista usé un método cuantitativo que se usa mucho en la nueva crítica, en el cual para comprobar el volumen de algo, trabajas con una cantidad mínima que refleje una gran cantidad. Pensé originalmente en una lista de diez libros por cada uno de los siete géneros que considero, a ver si la cantidad de libros no publicados en Cuba me daba para probar mi punto. Y claro, me daba y me sobraba. Si yo pongo en cada uno de los géneros todos los libros de Severo Sarduy, Reinaldo Arenas o Guillermo Cabrera Infante, fácilmente tengo más de cien libros no publicados ahí. Y si en lugar de diez me propongo a poner veinte por género, tengo todavía más. Así que lo que quise hacer fue una lista compacta, para que se trasmitiera una idea del volumen de obras no publicadas. Claro, yo creo que la lista es bastante representativa de lo excluido en sentido más amplio; también traté de incluir en la lista diversas generaciones del exilio, obras publicadas en diversos años. Creo que apliqué más o menos un método “políticamente correcto” ahí también. Pero entiendo que la muestra suscite debate. Yo hasta ahora no he encontrado un reproche de peso a mis parámetros, por lo menos no en lo que toca a obras que deberían estar y no están en esa muestra representativa. Lo que sí he encontrado fueron argumentos muy fuertes sobre algunas obras que sí están en mi lista y que según algunos no deberían estar. Por ejemplo, hay varios amigos que me han escrito cuestionando que esté en mi muestra una novela como Caracol Beach, de Eliseo Alberto, o Mujer en traje de batalla, de Benítez Rojo, que fue la que más crítica ha recibido. Es una novela que a mí me interesa mucho por mi disciplina, la historia intelectual (es una novela histórica). El caso de Caracol Beach es diferente, porque es una novela muy interesante; pero la de Benítez Rojo es una novela que no ha tenido buena recepción, ni al nivel de la crítica ni al nivel del mercado. Pero eso no debería ser argumento para excluirla. Es curioso que así como está claro que Benítez Rojo debe estar en la lista como autor de La isla que se repite, no está tan claro que debería estar como autor de esa novela. A los que me escribieron con ese argumento les dije: bueno, ¿quién proponen ustedes en su lugar? Y no se les ocurre nadie. Así que en cuanto a ese tema de mi muestra creo que seguirán las polémicas, pero me siento bien con el resultado del experimento.
PT: Ahora bien, para conectar esta respuesta con una pregunta anterior, ¿cómo la censura en Cuba impulsa la canonización de ciertas obras fuera de la isla?
RR: Yo no diría que es la censura únicamente lo que produce ese tipo de fenómeno, sino el exilio mismo, la condición del exiliado, el opositor o el excluido del mercado editorial de la isla, que como dije es controlado por el Estado. En el caso de algunos de los escritores canónicos, de los escritores cubanos canonizados que aparecen en mi lista -usando el término de canon en el sentido de Harold Bloom y González Echevarría-, se ha manejado ya la idea de que la notoriedad de ellos estaba ligada a la condición de ser exiliados y opositores del régimen; es el caso de Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, que son los tres primeros que aparecen en esa lista. Pero a mí me parece que la obra de los tres es muy sólida desde el punto de vista literario también. El caso de las generaciones más recientes, de los 90 para acá, es un poco distinto. Hay novelas que están en esta lista, por ejemplo, y que yo creo que no son tan importantes literariamente, como en cuanto fenómenos de la literatura. Hay que pensar que la literatura de hoy ya no responde a una división entre “alta literatura” y “literatura de mercado” o “literatura comercial”, como hace cincuenta años; ya están entremezcladas las cosas. Desde los patrones de la “alta literatura” podría haber un cuestionamiento un poco severo del éxito alcanzado por algunas novelas del exilio de los últimos años. Pero el mismo tipo de cuestionamiento se podría hacer también con relación a algunas novelas producidas dentro de la isla, porque uno de los fenómenos más interesantes de los 90 para acá es que en el mercado editorial iberoamericano concurren las literaturas de la isla y del exilio. Es decir, hay escritores que residen en la isla y que venden bien afuera, como Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez, Wendy Guerra, Ena Lucía Portela, o Senel Paz; y hay autores del exilio que también venden bien en este mismo mercado, como Zoé Valdés, Eliseo Alberto o Daina Chaviano.
PT: Hablando un poco más sobre la cuestión del canon, si vemos el canon como el reflejo de la construcción de una narrativa nacional -y considerando lo que usted ha dicho sobre esta confluencia de los mercados de los escritores de la isla y los del exilio-, ¿se podría decir que existe hoy en las letras cubanas un sujeto nacional?, y de existir ¿cómo se definiría ese sujeto nacional?
RR: Hoy yo creo que lo que hay es más bien una crisis del sujeto nacional. Lo que hay es, como decíamos al principio, una producción de subjetividades múltiples que se reflejan en la literatura. Pero más que eso, creo que lo que está pasando es una delimitación cada vez mayor de los territorios del campo literario cubano en términos de mercados. Es decir, yo diría que de los años 90 para acá, además de una diversificación de la literatura, hay una clara parcialización del mercado literario cubano, que se podría dividir en tres zonas. Una que sería la conformada por el mercado estatal del libro cubano, controlada por las editoriales cubanas, todas ellas subordinadas al Estado, desde donde se decide qué se publica y qué no se publica. Y las reglas de inclusión y exclusión están muy claras. Un segundo mercado que es el mercado iberoamericano del libro cubano, que son las grandes editoriales españolas, en las que se publican a autores que residen en el exilio y que residen en la isla, además de clásicos de la literatura cubana, otra vez tanto de escritores que se exiliaron como de los que se quedaron en la isla. Por ejemplo, escritores como Miguel Barnet, Antón Arrufat y Lisandro Otero son escritores de la generación revolucionaria clásica que se quedaron en la isla y que se publican en editoriales iberoamericanas, al igual que Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, de esta misma generación, que sin embargo se exiliaron. La confluencia entre escritores de la isla y del exilio en las grandes editoriales iberoamericanas no hace más que crecer. Pero hay todavía un tercer mercado, que es el mercado del libro cubano exiliado, y que es un mercado más chiquito. Yo diría que el mercado más grande en términos de literatura cubana es realmente el mercado estatal, porque Cuba -eso es sabido, pero creo que hay que recordarlo- es un país de muchos lectores. Allí hubo un estado que invirtió en educación, en instrucción, que tiene un altísimo nivel de alfabetización, y hábitos muy arraigados de lectura. No me atrevería a confirmarlo, pero probablemente más, desde el punto de vista proporcional, que en la mayoría de los países latinoamericanos. Así que el mercado estatal del libro cubano es muy grande. Después vendría el mercado iberoamericano del libro cubano que ahora llega a una población mayor, pero en términos del mercado cubano, son menos los cubanos que tienen acceso a esa literatura. Y por último estaría este mercado minoritario de varios miles de cubanos dentro y fuera de Cuba que consumen esta literatura producida por pequeñas editoriales cubanas ubicadas sobretodo en Estados Unidos – especialmente en Nueva York, pero también en Miami. Madrid y Barcelona. Y lo que uno observa en términos de los tres mercados es una gran incomunicación en algunas zonas, una guerra desleal entre esos mercados: el Estado cubano protegiendo su gran mercado del mercado iberoamericano y de las pequeñas editoriales, y el mercado iberoamericano del libro también protegiéndose del mercado estatal del libro cubano. Porque yo creo que las mayores limitaciones para una mayor comunicación de estos tres mercados vienen del Estado cubano fundamentalmente, pero tampoco hay que olvidar que el mercado iberoamericano del libro también trata de limitar la presencia de las editoriales estatales cubanas en algunos foros. Así que yo lo presentaría así como una economía política de la literatura.
PT: Para finalizar nos gustaría hablar un poco sobre las luchas por el pasado nacional, que es otro tema que permea su obra. ¿Qué futuro ve usted para estas luchas en las varias comunidades del exilio y de la isla? ¿Usted cree que continuará siendo el tema predominante en cuanto a la identidad cubana en el futuro?
RR: Yo creo que el concepto de identidad también está en crisis junto con ese sujeto nacional homogéneo de los años 60, 70, y parte de los 80. En este momento, el concepto articulador de los discursos y las prácticas culturales en Cuba es más bien la diversidad que la identidad. Y creo entonces que la pregunta no gira en torno a la identidad, sino a la diversidad; ya comienzan a identificarse los cubanos de la isla y de la diáspora con procesos de diversificación. Claro, como sabemos, ningún proceso de diversificación abandona por completo las representaciones de una comunidad. La comunidad sigue representándose colectivamente de algún modo. Pero esos procesos de representación no se hacen inteligibles de la misma manera en todos los momentos, así que con el concepto de identidad habrá que ver qué pasa en los próximos años, si se abandona para siempre, o si es un abandono pasajero. Ahora, en cuanto a las disputas por el pasado, yo creo que son guerras de la memoria y que tienen mucho que ver con los actores políticos y culturales del presente, de cada presente. Una cosa que yo observo en los debates intelectuales cubanos hoy es que las guerras de la memoria ligadas al pasado colonial y al pasado republicano están siendo resueltas de algún modo. Ha habido mucho debate historiográfico en torno a esos periodos; las pocas resistencias que hay de parte de la historiografía oficial a momentos de la historia colonial o de la historia republicana son bastante marginales. Yo creo que las disputas por el pasado se han ido desplazando cada vez más hacia la revolución. Hacia la insurrección, el proceso de insurrección contra la dictadura de Batista, la revolución y el poder, la institucionalización del socialismo cubano. Hay muchas señales de eso: por ejemplo, el gran debate electrónico que hubo sobre el llamado quinquenio gris en el 2007 -la “guerra de los emails”, como se le llamó. El concepto de quinquenio gris es un concepto que Ambrosio Fornet elaboró para hablar del momento en el que la política cultural cubana no estaba subordinada a un ministerio de cultura, entre 1971 y 1976; 1976 es el año en que se funda el Ministerio de Cultura. En ese tiempo la política estuvo dirigida por un grupo de funcionarios muy ortodoxos -entre ellos Luis Pavón Tamayo, que es el más conocido-, que pertenecían al Consejo Nacional de Cultura, cuya dirección estaba muy subordinada a la dirección ideológica del partido. Cuando se crea el Ministerio de Cultura, en 1976, se produce como una mediación institucional entre la línea dura de la ideología del partido comunista y la dirección cultural. Entonces comienza un tipo de administración más mediada de la cultura, que es menos rígida para los intelectuales y los artistas cubanos. Ahora, en la primera mitad de 2007 se formó un gran debate sobre el quinquenio gris, provocado por la aparición en la televisión cubana de algunos de aquellos burócratas que estaban vinculados al Consejo Nacional de Cultura. Lo que los escritores de la isla sintieron fue que había un intento de parte de la línea dura del gobierno cubano de reivindicar a esos funcionarios. Así que eso suscitó una gran protesta por correo electrónico de parte de varios escritores importantes residentes en la isla, algunos muy autorizados por el gobierno, incluso, como es el caso de Reinaldo González y Antón Arrufat. Hubo un gran debate. En ese debate uno percibe muy bien cuáles son los temas del pasado que están en disputa. Son temas de los últimos cincuenta años. Ha habido muchos debates sobre la historia de la Revolución Cubana por motivo del cincuentenario en el 2008 y 2009, que también tienen que ver con eso. A mí me parece que ahí está concentrada la mayor intensidad bélica de las guerras por la memoria en Cuba.
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Notas
[i] Elías José Palti, La nación como problema: Los historiadores y la “cuestión nacional” (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2003).
[ii] Jorge Myers, Orden y virtud: El discurso republicano en el régimen rosista (Buenos Aires: U Nacional de Quilmes, 1995).
[iii] Carolina Guerrero, Republicanismo y liberalismo en Bolívar, 1819-1830: Usos de Constant por el padre fundador (Caracas: U Central de Venezuela, 2005).
[iv] Eduardo Posada Carbó, El desafío de las ideas: Ensayos de historia intelectual y política en Colombia (Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2003).
[v] José Antonio Aguilar and Rafael Rojas, El republicanismo en hispanoamérica: Ensayos de historia intelectual y política (México: Fondo de Cultura Económica, 2002).
[vi] Alfredo Ávila, En nombre de la nación: La formación del gobierno representativo en México, 1808-1824 (México: Taurus, 2002).
[vii] El término “origenismo” se refiere al grupo de poetas que se reunió alrededor de la revista Orígenes, editada en Cuba por José Lezama Lima y José Rodríguez Feo entre los años de 1944 y 1956.
