Revista de arte, literatura, lingüística y cultura
Department of Spanish and Portuguese
The University of Texas at Austin

La bicicleta

La mujer carga un niño en su bicicleta. Pedalea suavemente, su frente sin venas ni sudor; sus piernas no demuestran esfuerzo alguno, lleva el saco de hueso y músculo que es su marido, quien observa impávido el horizonte de Shangai en dirección a Pudong. La ciudad se niega a abrir sus mandíbulas de tráfico en el Nan jing Lu, mientras los automóviles y los hombres que corren con rickshaws, compiten por bloquear el paso de la mujer, su marido y la bicicleta. Ésta tiembla como anciana que lleva el peso de un biznieto recién nacido. Ha visto edades enteras crujir ante el impávido paso del tiempo, desde que su tatarabuela la usó antes de la China comunista. La bicicleta ha pasado a las mujeres de la familia, ella misma es una mujer, aunque vieja, hueca y vacía; cada hoyo en la carretera ha marcados los surcos de sus gomas.

La mujer pedalea segura. Si no fuera por el rostro arrugado y los cabellos grises, sería justo decir que carga a un niño y no a su marido. Éste no tiene nariz. En su lugar tiene un hoyo que le desfigura la cara completa. Le dicen “cara de culo”. En trance psicométrico, mide la velocidad de la bicicleta en relación con la de los otros vehículos, las distancias intermitentes y el espacio de la ciudad. Ojos de niño, reflejos de adolescente hormonal, mirada de tercera edad. Carga un paquete envuelto con papel de estraza. Tienen que llegar al templo.

Cuando niño, su madre le dio con un sartén. Le rompió todos los huesos de la nariz, y le enterró las astillas en el centro de la cara. Cuando creció, su rostro se desarrolló hacia adentro. Eso fue hace 150 años atrás.

El  hombre,  que  había  sobrevivido  tanto  como  la  bicicleta  de  la  mujer,  fue  reverenciado  como  un  dios  desde su  adolescencia.  Comía  solamente  arroz  blanco  y  la  gente  le  llevaba  regalos  que  él  siempre  regalaba  a  otros.  Hombres  y  mujeres  de  todas  partes  del  mundo  llegaban  adonde  él  para  aprender  Qi  Gong.

Un día, una mujer le dio un paquete envuelto en papel de estraza. La mujer, que había llegado tapada con un chal, desapareció inmediatamente. Cuando observó alrededor, se dio cuenta de que la mujer se había llevado su espada: un maravilloso sable de acero con pequeños anillos colgantes en la espalda del filo y un pañuelo blanco y azul que sobresalía del mango.

De repente, el automóvil frente a ellos cambia abruptamente de carril. La mujer se desconcentra, pierde el control de la bicicleta con Mal de Parkinson, cae en un hoyo y ambos vuelan hacia el horizonte. Los ojos del niño se abren, el cuerpo del viejo maestro de Qi Gong gira en el aire evocando las garzas que caminan sobre el agua. Cae como gato, suavemente en el suelo y atrapa a su amada antes que ésta caiga y se coma sus dientes con sangre y asfalto.

La bicicleta queda doblada e inservible. Ambos la observan estupefactos ante el significado de este augurio. La bicicleta era el único contacto con un pasado que a los demás les parecía prehistórico, porque el tiempo psíquico y los relojes biológicos se dañan cuando se vive más de cien años. Por eso se había enamorado de la mujer.

-Tenemos que seguir, -pronuncia la mujer.

-De acuerdo.

El maestro de Qi Gong, recoge el paquete envuelto en papel de estraza y continúa caminando, mientras la mujer lo alcanza con la bicicleta a espaldas, una soberana amazona, sus músculos cortados con el esfuerzo de cargar el vehículo que había soportado el peso de todas las mujeres de su familia. A pasos del templo de Nan jing Lu, la mujer se detiene.

-Hasta aquí llego yo, amor mío. Llévatela.

El hombre obedece. La carga con dificultad y la mujer se enternece, pero no lo ayuda. En el último escalón, el hombre cara de culo parece un niño. En la distancia desaparecen las crueldades de Dios. Sin espada y sin bicicleta, el niño trata de retener su pasado sin desaparecer en la brisa.

Adentro lo reciben tres monjas budistas, con sus cabezas debidamente afeitadas y sus túnicas amarillas y borgoña. Le abren paso a través del templo, hasta que lo conducen a la Maestra, una vieja decrépita solamente de rostro, con duros músculos descubiertos en los brazos y el pecho. Una fortaleza impresionante emana de la abadesa.

-¿Por qué te aferras a esta vida, oh Antiguo?

-Por amor -responde el niño cara de culo.

-La bicicleta ya no sirve. No puedo rehacerla.

-A lo mejor esto pueda servirle, Maestra.

El hombre entrega a la monja el paquete envuelto en papel de estraza. Ella lo abre. En él se encuentra un sartén redondo de acero, y una nota que dice “Perdón” en perfecto mandarín.

La monja tarda tres días. Cuando le entrega la caja, el hombre sonríe con las pocas partes de su rostro que acceden a tal movimiento. La abre. Toma la espada con seguridad, hace tres catas de grulla, una de águila y dos de tigre. Este día la fauna del mundo es feliz. El hombre pone la espada en su vaina. Agradece a la abadesa y se retira.

Al salir, la mujer ya no está. Nunca más la vuelve a ver. No importa, ahora él vivirá para siempre.

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