Revista de arte, literatura, lingüística y cultura
Department of Spanish and Portuguese
The University of Texas at Austin

El milagrero

Un golpe en la puerta de acero fue la señal para que Gálvez entendiera que la hora de visita ya había terminado. Al otro lado del cristal, el recluso, un viejo deshecho en ojeras, tomó un pedazo de papel y con un lápiz comenzó a escribir un último detalle. Al terminar, con sus dedos peludos estrujó el mensaje sobre la superficie manchada del cristal. Con letras torcidas y flacas el papel leía: Taberna Las Perdices, D. Ann dinero. Gálvez se puso de pie, se acomodó el saco, hizo un gesto indescifrable y subterráneo con la barbilla, dio media vuelta y metió su mano en el bolsillo esgrimiendo sus dedos en busca de los cigarrillos.

El taxi se detuvo en la esquina a dos cuadras de la taberna. Encendió un cigarrillo y pintó el aire con una enorme bocanada de humo, mientras se arreglaba el cabello con la mano y pensaba en el conjuro, en el pobre viejo que lo acababa de contratar y en los símbolos del Círculo Yllán. En divagaciones como éstas iba Gálvez cuando, después del tercer cigarrillo, se topó con la entrada de la taberna.

Agarrando la enorme argolla de hierro abrió la puerta y entró. Descendió unas escaleras bien labradas de piedra; al final se abría el enorme salón. Sobre las paredes se paseaban cuadros de bibliotecas antiguas y de algunas de las esquinas colgaban lo que parecían ser instrumentos rústicos de magia. Cruzó por el ruido de todas las conversaciones, olió cerveza derramada, se topó con miradas escondidas detrás de pupilas rojas, llegó a la barra y sin gran entusiasmo pidió una cerveza negra.

Una voz manoseada por la gripe se acercó a su oído rodando implacable por entre las luces atenuadas que agonizaban en la taberna. Gálvez no hizo el menor intento de girar para encontrarse con el rostro que le hablaba. Sin quitar los ojos de la espuma que se deslizaba por el interior del vaso escuchó:

-¿Son 10 mil euros por la salvación del alma de Leonor?

Con el cigarrillo pinchado entre sus labios tragó el humo necesario para llenar al menos un pulmón. Dejó caer un poco de la punta quebrada en ceniza. Asintió con un movimiento pendular de la cabeza. Se escapó el humo de su nariz en grisácea transparencia. Su mirada encontró los ojos aguados del hombre que colocó cerca de su brazo un bolso de cuero. Lo abrió, vio en penumbras el dinero y el fin de la voracidad de los bancos, lo cerró y se lo colgó en el hombro.

-Ese es el precio para que la niña no atormente más a su padre en sueños.-Respondió Gálvez reflejando en sus pupilas la brasa del cigarrillo que sostenía en sus labios.

El hombre, con un gesto convulsivo y patético, se estremeció en un estornudo. Se sonó la nariz con un pañuelo que dejó caer sobre la madera oscura y pulida de la barra. Irguió la mano y ordenó una cerveza mientras se lamentaba, con un aire de ternura cansada, del asesinato de la hija de su jefe.

-Por 10 mil más te curo la gripe.- Dijo Gálvez hundiendo el cigarrillo en el cenicero. Se puso de pie y sin sonrisas ni despedidas se abrió camino por entre la nube de voces hasta la salida.

El móvil sonó en el bolsillo de la chaqueta oscura de D. Ann. Otro estornudo le llenó la nariz de mocos. Buscó el pañuelo y no lo halló por ningún lado. Continuó sonando el móvil en arrebatado sonido hasta que contestó:

-Aló… no se preocupe. Ya está de camino… Sí, lo estoy escuchando jefe, es que no encuentro mi pañuelo…. Sí, sí, tranquilo. Procuraré que haya terminado. Y…

¿Cómo van las cosas en la prisión?…

Eran cerca de las dos de la madrugada cuando Gálvez llegó a la orilla del río que pasa por debajo del enorme y viejo puente, Toledo. La brisa en encaracolado movimiento traía consigo los detestables vapores de las aguas. Junto a unos contenedores oxidados colocó el bolso con el dinero. A sus pies abrió un maletín, sacó algunas velas, las colocó de manera circular, las encendió con un cerrillo y en el centro arrojó el pañuelo sucio de D. Ann. Entre dientes, como si deshilara las palabras con la lengua, pronunció el conjuro. Luego en la tierra humedecida de la orilla, con los dedos, dibujó el Círculo Yllán.

El frío del metal de la pistola le erizó suavemente la piel de la nuca.

-Tranquilo, brujito. Date vuelta, muéstrame las manos, sonríe al cañón y dime dónde está el dinero.

Gálvez arqueó su cuerpo con una carcajada estridente que voló ciega y con algarabía por encima de las aguas hasta llegar a los buques lejanos. Giró y con un gesto despavorido de la mano le hizo entender a D. Ann que mirara hacia el río.

De las aguas iban saliendo, al principio de uno en uno, luego en pequeños grupos, los fantasmas de todos los que D. Ann había asesinado y arrojado a las profundidades. Cada uno de ellos traía consigo la condecoración sangrienta que los había matado y llevado a las fosas frías de las aguas. Todos se dirigían hacia él. En su memoria, como un hambriento torbellino de pólvora y cuchillos fueron adhiriéndose las muecas torcidas de cada una de sus víctimas. Cayó de rodillas; un escalofrío le subió espalda arriba; un hilo de baba se estiró desde su boca; sujetó firmemente la pistola, la puso dentro de su boca y presionó el gatillo.

Gálvez se acomodó el saco y miró a través de la multitud de espíritus. Entre ellos, con una sonrisa desdentada en el cuello, estaba Leonor. Levantó la mano invocó su nombre y ella se acercó translúcida y furiosa.

Entonces, le señaló el Círculo Yllán y le ordenó que se ubicara en el centro.

-Tienes que concentrarte en lo que sientas en tu interior… sólo concentrarte.

Leonor, sobre el círculo, cerró sus ojos y comenzó a disfrutar de una sensación luminosa dentro de su ser. Luego fue algo parecido a una tierna cosquilla que le recorrió por todas partes. En su memoria se iban pintando pequeñas imágenes de paraísos y alas blancas. Hasta que del círculo salieron tentáculos manchados y espinosos. Un fuego pestilente la envolvió y entre sus gritos silenciosos desapareció tragada por el círculo.

Se acomodó un poco el cabello. Encendió un cigarrillo, buscó el bolso con el dinero, tomó el maletín y se fue tragando humo mientras le decía a los fantasmas:

-Espero disfruten el regalo.

En ese momento todos se voltearon y vieron cómo el espíritu de D. Ann, se asomaba, desde su cuerpo, asustado y tembloroso. Los fantasmas abrieron sus bocas en silenciosas carcajadas y se precipitaron coléricos y hambrientos sobre el nuevo espíritu que abría los ojos frenéticamente sin saber cómo moverse.

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